miércoles, 5 de agosto de 2015

BOLIVAR...UN SER SENSIBLE


 La sensibilidad como valor: Es lo que nos hace despertar hacia la realidad, descubriendo todo aquello que afecta en mayor o menor grado al desarrollo personal, familiar y social. 

Por Julio César Rojas Azuaje/ Periodista/ Carúpano-Estado Sucre

Escribe el afamado historiador venezolano Rufino Blanco Fombona que el Libertador Simón Bolívar era sumamente sensible y que “cualquier cosa pone a vibrar su sensibilidad y le atormentan largas horas”. Sí, cualquier cosa lo sensibiliza, hasta las más íntimas plumadas del más ínfimo gacetillero o del más oscuro “foliculario”. Los ataques que la prensa dirigía contra el Padre de la Patria le impresionaban en sumo grado. Y sobre todo la calumnia lo irritaba profundamente. Hombre público por más de veinte años, su naturaleza sensible no puede nunca vencer esta susceptibilidad, poco común en hombres colocados en puestos eminentes. 
En esta excesiva sensibilidad del Libertador están de acuerdo sus contemporáneos. Un autor de Memorias observa lo siguiente: “Era el hombre más sensible a la censura que yo he conocido”. A su alma ardiente y ofendida le parecen sin fuego las defensas que en buena fe le realizan sus partidarios: “Mis enemigos son muchos y escriben con gran calor. En tanto que en mis defensas son muy tenues y fríos”. Quiere a todo punto evitar la torcida y maliciosa interpretación de su conducta. 
Tomaba su papel de Libertador muy en serio. Los elogios, con gustarle mucho, le gustan menos que la recta interpretación de su pensamiento y de su política. Del abate De Prade, que le celebra en París como superior a Washington e igual a Napoleón y a Julio César, escribe; “El buen abate sabe elogiarme, pero no defenderme”. Le desespera la idea de pasar por tirano. En realidad no lo era, aunque los enemigos de su política de fundador lo gratificasen en los últimos años con ese título. La opinión pública, en cualquier país del universo, le preocupa mucho. 
Su gloria, como él decía, quiere conservarla intacta. Un oficial grafómano, pianista francés , con más pretensiones que servicios, a quien el Libertador ha despedido del ejército, y otros oficiales ingleses despedidos también, como Hippisdey, que aspiraban a grados militares antes de haberlos merecido, le atacan en Francia e Inglaterra. El periódico Times del 14 de abril de 1830 se le defiende. No le parece la defensa en proporción con los ataques. 
Benjamín Constant también le muerde, azuzado por Santander, en los periódicos de París, con la buena fe del buen liberal siglo decimonónico y la deficiencia del francés respecto a informaciones del extranjero. De Europa le escriben que desprecie aquellas gratuitas agresiones. “No, responde furioso, a Benjamín Constant no se le desprecia”.
 El literato Fernández Madrid que sabe cuánto sufre el Libertador ante las calumnias y las injurias y aún las simples censuras con que le gratifican dentro y fuera de América los naturales adversarios de sus veinte años de actuación política, y que además le sabe enfermo y envejecido prematuramente, le escribe, confortándole: “Es preciso, mi respetado amigo, que usted se cuide mucho. El alma de fugo de usted, la vehemencia de sus sentimientos devoran su físico. Perdóneme usted, que le diga que usted es demasiado sensible a la maledicencia, olvidando que, la verdad y la virtud siempre han triunfado de ella; que los más grandes hombres, los más ilustres benefactores de la humanidad, han tenido en todos los tiempos enemigos y detractores, que el propio Washington fue acusado de cometer arbitrariedades, despotismo y hasta de cometer robos”.
 El Libertador mantuvo una naturaleza muy sensible hasta momentos antes de fallecer. Bolívar estaba ya en plena decadencia física. La muerte se le iba acercando, las energías, claro está, no eran las mismas. Las alevosías, las injurias cada día arreciaban. Ya no tenía ganas ni fuerzas para tomar la pluma y rebatirlas personalmente como antaño. Y no se trataba de agresiones fortuitas, se trataba que en Bolívar se vinculara la idea de la unidad de América. 
Los pueblos, y sobre todo los intrigantes y ambizuelos de cada país, sin nombre ni servicios para más, no querían vivir unidos ni formar grandes naciones, sin dividirse ni subdividirse en republiquitas microscópicas, del tamaño de la ambición de cada caudillito. La mayoría de esos caudillos no veían más allá del campanario de la iglesia principal de su aldea. Bolívar, aunque ya envejecido y enfermo, contra él iban todos los tiros, aun los tiros de la calumnia. Era el blanco y el estorbo de todas las ambiciones subalternas y también lo era la de todos los reaccionarios. Por último, el odio y las pequeñeces rodean los ´días finales del Libertador cuya honda sensibilidad lo condujo a la triste tumba…